15 DE JUNIO

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Todavía me acuerdo cuando llegué al aeropuerto de Las Vegas hace casi dos años y vi en la pantalla que mi vuelo se retrasaba una hora y media. Entonces me vino a la memoria lo bien que se estaba en la piscina del hotel tomando el sol y aunque acababa de hacer el mejor viaje de mi vida maldije estar allí en ese momento, viendo a 4 gordos americanos echando la última partida en las máquinas tragaperras que hay antes de embarcar; un embarque que no se iba a producir hasta dentro de 4 horas por lo menos.

En el avión hablé con el azafato trescientas veces hasta que me confirmó que mi siguiente vuelo estaba despegando justo en ese momento y que se temía que tendría que pasar la noche en Toronto hasta que me re-embarcasen en el primero que fuese a Barcelona. También hablé trescientas veces con el operador hasta que me confirmó que no sabía dónde estaba mi equipaje pero que no iba a salir por la cinta aquella noche y que lo mejor que podía hacer era irme a dormir al hotel.

Podía ver la CN Tower desde la ventanilla del taxi y el hombre me hablaba de lo cerca que estaban las Niagara Falls. En aquel momento no me daba cuenta de donde estaba y tampoco podía imaginarme que poco después decidiría irme a vivir a ese país. Yo sólo podía pensar en la piscina del hotel de Las Vegas y preguntarme cuántas horas faltaban para llegar a casa. Tuvieron que pasar dos días y dos escalas para eso. Estuve entonces dando vueltas por más ciudades que ahora viviendo aquí.

No se si fue casualidad o el destino pero desde luego fue el comienzo de todo. Ya no podía dejar pasar más tiempo para realizar aquello que tantas veces rondaba por mi cabeza y la siguiente vez que cogí un avión fue para estar de vuelta en Canadá; para encontrarme a mí misma justo en el país donde me perdí.

Siempre me hacen la misma pregunta “Do You like Vancouver so far?” y me sale un sí sin mucha convicción que hace que la gente me pregunte porqué decidí venir a vivir a Vancouver y a día de hoy aún no sé que responder.

Nunca sabré por qué decidí venir a vivir a Vancouver.

No hay día que pase que no eche de menos mi ciudad. Nunca pensé que echaría tanto de menos el lugar del cual tenía tantas ganas de irme. Pero ahora no hay día que pase que no quiera volver; y es que no hay nada mas devastador que sentirse solo, que estar en un lugar al cual sabes que no perteneces, que estar lejos de las personas que más quieres.

Me gusta sentarme en la playa. Si hay algo que sí que me gusta de aquí es vivir delante de la playa y mirarla mientras desayuno. Me gusta sentir los pies descalzos en la arena después de todo el invierno. Esperar a que caiga el sol y que el cielo se torne naranja y rosado. Nada como el Mediterráneo, ya lo sé, pero nada tan inmenso como el Océano. Al final, tenemos que saber disfrutar de lo que tenemos; o eso dicen ¿no?

Nunca sabré por qué decidí venir a vivir a Vancouver.

A veces me pregunto qué coño hago aquí, cómo me atreví a dejarlo todo e irme lo más lejos que pudiese. A veces tengo que preguntarme a mí misma por qué me fui para recordarme por qué estoy aquí.

Y cada día me pregunto si estoy haciendo bien. Si todo esto servirá de algo. Pero el mundo es muy grande para vivir siempre en el mismo sitio y todos estamos donde estamos por una razón, aunque yo todavía siento que no he encontrado la mía.

Nunca sabré por qué decidí venir a vivir a Vancouver, pero si espero que el tiempo me diga por qué decidí no ir a ningún otro lugar.

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